domingo, 1 de febrero de 2015

Epílogo

Cuando quise darme cuenta estaba en el suelo cubierta de sangre y dolor. Había pasado todo tan deprisa... que apenas tuve tiempo a reaccionar. Él me dijo ¡hazlo! y yo lo hice. La maté, sí. No tuve elección, era o ella o yo. Casi podría decirse que él estaba deseando que yo lo hiciera. Su gesto parecía provocarle una cierta satisfacción, como si se sintiera orgulloso de lo que acababa de presenciar, y sobre todo, de mí. Y yo lo sabía. Hubiera pintado el cielo de verde si él me lo hubiera pedido. Incluso hubiera ma... ¿matado? Eso es lo que has hecho. En efecto, ella estaba muerta... y nunca había sido tan feliz. Sin embargo, yo era la que estaba en el suelo tras su disparo. ¿Por qué? ¿Qué acababa de ocurrir? Acababa de suceder y ya lo estaba olvidando. ¿Por qué me mira de esa forma? Pasó una eternidad antes de poder recordar sus palabras. Fueron sus palabras las que me hicieron caer, y no aquella bala que aún llevaba incrustrada. ¿Qué fue lo que nos dijo? Dijo que por qué lo había hecho. Dijo que yo estaba loca y que cómo había sido capaz. Dijo que él no podía estar a mi lado. Dijo que me abandonaría. Nos dijo adiós. Y ahora estamos aquí tiradas mientras él nos mira con los ojos en blanco.
―¿Crees que aún me ama?
¿Te amaría alguien que acaba de matarte?
―No lo sé, es decir, me mató porque pensaba que yo había enloquecido pero, no es verdad. No es verdad ¿no?
La mataste. Ella ahora está muerta porque tú la has matado, porque nosotras la hemos matado. Está muerta y todo lo demás no importa.
―Pero yo también lo estoy, o al menos, eso creo. ¿No ves la sangre? Estamos en el suelo, sin poder movernos y a cada segundo con menos fuerzas.
Él siempre la quiso a ella.
―Eso no es verdad. Deja de decir esas cosas, él siempre me quiso a mí. Él... me lo prometió, me dijo que si la mataba estaríamos siempre juntos, que era por nosotros. ¿No lo recuerdas?
¿Te amaría alguien que acaba de matarte?

En un instante él se movió, y bajó la pistola. Su cara no parecía mostrar expresión alguna. Por un momento pensé que se había equivocado, que vendría a por mí, que me sacaría de esta agonía y de este dolor. Después de todo él me había ayudado a llegar hasta aquí, ahora no podía dejarme sola.
Su mirada por fin cambió y recobró la compostura. Habló, tiró un montón de palabras al aire, y con el aire se fueron pues me era imposible escucharlas. Le miré. Le miramos. Y comenzó a andar, hacia ella. Recogió su cuerpo del suelo, la miró, le tocó el pelo y sonrió.
―¿Ella?
Siempre la quiso a ella.
―No es posible. No, no, esto no puede estar pasando. Dime que estoy soñando, dime que esto es mentira ¡Él me ama a mí! ¡Mi amor! ¡Mi amor! ¡Estoy aquí, por favor! ¡La maté por ti! ¡La maté por nosotros! ¡Me lo prometiste! Todo esto siempre fue por ti, porque no soportaba la idea de que pudieras amarla ni la mitad de lo que yo te he amado. Yo cumplí mi promesa. Yo creí en ti. No me abandones. ¡No me dejes sola! ¡Me dijiste que me amabas...! ¡Me dijiste que me amarías siempre...!
¿Te amaría alguien que acaba de matarte? 
―¡Cállate! ¡Déjame sola! ¡Todo es culpa tuya!
Nosotras nos vamos, y él no va a venir. 
―¡No! ¡Yo quiero irme con él! ¿Acaso no lo ves? ¡Teníamos que estar juntos! 
No puedes.
―¡Sí! ¡Sí puedo! ¡Él me oirá, claro que me oirá! ¡Me lo prometió!
No puede oírte... porque ya estamos muertas.

Y él, la besó.

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