Ella había vuelto a aparecer otra vez. Hacía días que se había marchado pero, por desgracia, siempre volvía. Los momentos a solas con él eran incómodos. No era capaz de relajarme, de disfrutar. Y ella se mostraba en los peores momentos. ¿Otra vez así? Maldita sea.
Sin embargo, me acostumbré a su presencia. Solía quedarse quieta mirándome sin decirme nada. Solo hablaba en los momentos en los que prefería que estuviese callada. Se sentaba siempre conmigo aunque nunca sonreía. Era la única persona que tenía a mi lado, pese a que siempre me decía cosas horribles. Pero yo podía soportarla, qué menos, éramos prácticamente iguales. Y luego estaba él. Me hacía sentir extrañamente bien. Una vez incluso, cuando me dio un abrazo, me sentí feliz. ¡Fue extraordinario! Pero ella lo estropeó. Siempre lo hacía. De hecho, muchas veces ni me molestaba, me miraba y ya sabía qué estaba pensando y qué debía hacer. Realmente ella siempre tenía razón. La felicidad que él pudiese hacerme sentir era falsa e irreal. Solo está jugando contigo. Algunas veces me tiraba largas horas llorando y hablando con ella, pero ella nunca me consolaba. Era fríamente sincera.
Teníamos una especie de relación de amor-odio ya que pocas veces nos tratábamos con cariño o nos contábamos nuestros problemas. Simplemente aparecía sin más y me hablaba. Entonces me di cuenta de que yo era la única persona que percibía su presencia. Al principio pensaba que todo el mundo la ignoraba porque apenas hablaba y siempre estaba sola. Pero al tiempo me di cuenta de que sólo yo podía verla. Sólo me hablaba a mí y los demás eran simples objetos de atrezzo. Esto me hizo sentir especial. ¡Era casi algo mágico! Aunque la mayoría de sus palabras eran dolorosas, duras e hirientes yo siempre sentí que en el fondo lo único que quería era mi bien.
Ella siempre estaba conmigo y al mismo yo siempre estaba sola. La veía ir y venir y me preguntaba ¿a dónde va cuando no está conmigo? Esto me ponía francamente muy triste. Mi vida y mis esfuerzos por encontrar a otras personas siempre fueron inútiles pero, ¿y si ella sí tenía a otras personas que la apreciaban? ¿Por qué entonces no me dejaba tener a mí a nadie?
La soledad que ambas compartimos es tan dulce como insoportable. Siempre me susurra que nos tenemos la una a la otra y que todo saldrá bien. Pero no es así. Jamás podré encontrar a nadie que quiera, ni si quiera él. No mientras estemos juntas. Una vez le dije que se fuese y que me dejase tranquila. Una vez le dije que no lo soportaba más y que deseaba que jamás hubiese nacido. Entonces ella desapareció varios días. Y después fueron semanas. La llamé y la llamé pero no regresó. Sentí que iba a morirme. Y entonces, volvió conmigo.
Esas personas extrañas que no la conocen se burlan de mí, dicen que hablo sola y que debería ir a un psicólogo. No tienen ni idea de lo que hablan. No saben que tengo un secreto, un secreto imposible de comprender por simples humanos. Yo soy especial, yo soy única... yo soy dos personas al mismo tiempo. La quiero tanto como ella a mí. La odio más a que nada en el mundo porque jamás me dejará conocer la felicidad. Pero soy incapaz de vivir sin ella.
Ella. Yo. Somos todo lo que necesito. No necesitamos a nadie más. No, ellos no lo entenderían. Este silencio imperfecto es lo que cada día me mata, haciéndome invencible.
Mátalos a todos. Algún día Mara, algún día.