No había hacia donde mirar. La forma era irrelevante. Sentada en una silla verde junto a personas desconocidas. ¿Sabrían aquellas personas lo que era el amor? Quizá sí lo que sabían, e incluso puede que mucho mejor que yo. Un pasadizo que se escabulle del exterior. Un lugar oscuro y frío por el que andar cuando no te queda más remedio. Pero realmente nunca puedes ver más allá de la oscuridad.
El camino se hace lento, se hace eterno, se hace imposible de sobrellevar. Me asomo a la ventana buscando algo a lo que aferrarme pero... ¿qué hay ahí fuera? Nada. No hay nada en absoluto. De todas formas soy incapaz de apartar la mirada. Por un lado está la oscuridad y por el otro estoy yo, reflejada en el cristal.
Entonces llegas al final del túnel y todo se ilumina. Y me digo a mí misma, que pese a que las cosas oscuras y frías duran mucho, se hacen largas y muy dolorosas... siempre tienen un final. Un final lleno de luz y claridad donde incluso a veces, echas de menos el subsuelo.
Es un proceso que se repite una y otra vez. Siempre entro en aquel túnel, sin remedio, y siempre salgo. ¿Qué pienso durante todo ese largo trayecto? Pienso en la oscuridad, la recuerdo, la envidio, la odio y la deseo. ¿Estará pensando en mí como yo pienso en él ahora? ¿Estará bien ahí fuera? Me asusta la luz, pues nunca sabes qué te vas a encontrar. Sin embargo, no me lo pienso. Siempre ansío llegar al final y cuando por fin lo consigo... no sé qué hacer. No sé cómo reaccionar. ¿Ahora qué hago? ¿Y si llega el día en el que entre y no vuelva a salir? ¿Y si no vuelvo a ver la luz?
Pues miraré a la oscuridad a los ojos y le diré: devuélveme mi luz.
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