domingo, 21 de febrero de 2016

Atrapasueños


Miró por la ventana. ¿Por qué siempre hiciese lo que hiciese alguien tenía que sufrir? Era injusto. Nadie podía entenderlo. Nadie entendería jamás la verdad. Su dolor, su angustia, su sufrimiento... era solo suyo. Nadie podría tan si quiera imaginar por lo que estaba pasando, ni si quiera ella. 
Apretó los puños con fuerza y agachó la cabeza. Sus gafas se mantuvieron en su sitio aunque se tambaleaban debido al peso de las lágrimas. Pensó, pero sus pensamientos no querían salir. Se levantó y volvió a mirar por la ventana, esta vez de pie, y con la mirada fija en un punto cualquiera permaneció allí durante varios minutos. Tenía la sensación de que se estaba equivocando, de que el tiempo se escapaba de sus dedos cuando él necesitaba gritar ¡basta! y poder pensar con claridad. Pero nunca se detenía. Siempre pasaban cosas que él no podía evitar. Siempre había lágrimas en aquella habitación, solo que esta vez, se dio cuenta de que solo caerían las suyas. Sentía rabia, impotencia, incertidumbre y un dolor en el pecho que le taladraba intensamente hasta dejarlo K.O. sobre la cama. 

Se tumbó y miró el techo. Un atrapasueños colgaba de una pequeña alcayata pintada de color blanco. Se mecía a un ritmo lento haciendo sonar su pequeño cascabel. Era muy curioso pues los atrapasueños no solían llevar cascabel ¿por qué este sí lo tenía? Se quedó mirándolo fijamente y pensó que debía de estar estropeado, pues las más terribles pesadillas le habían hecho compañía en las últimas noches. Noches en las que ni el sueño más profundo le había permitido dormir tranquilo. Su mirada se posó en su móvil, encima del escritorio, cuya luz tenue iluminó la habitación oscura. ¿Quién era? ¿Era quién él pensaba? Su nombre apareció en pantalla junto a un cariñoso saludo. Se apresuró a contestar y una pequeña sonrisa se advirtió en sus labios. Era ella. ¿Y qué si estaba bien o estaba mal? Él disfrutaba de sus conversaciones. El tiempo cuando hablaba con ella se volvía fugaz e insuficiente. Esta noche también hablarían hasta irse a dormir y eso lo contentaba. ¿Cómo podía haber gente que pensara que era una mala persona? Qué tontería. Cualquiera en su sano juicio vería que ella quería lo mejor para él, fuese lo que fuese, y que de verdad se preocupaba por él. Eso le relajaba. Tenía ganas de verla, de abrazarla y de charlar de cualquier cosa con tal de oír su voz. ¿Le diría alguna cosa mañana? Eso siempre le incomodaba pero a la vez le hacía sentir que debía estar preparado para cualquier cosa, para cualquier comentario, mirada, intención... y eso le gustaba. Ella le gustaba. Le encantaba la forma que tenía de hablarle, de comportarse, esa mirada pícara que siempre le dedicaba a él. porque sabía que era siempre a él y no a cualquier otro. Con él era especial, diferente, la conexión era máxima, iba más allá de cualquier cosa física. Sus mentes habían implosionado en un sin fin de emociones y sentimientos extraños. Era una chispa capaz de iluminar cualquier oscuridad y él lo sabía. 

Volvió a mirar el atrapasueños. Llevaba ahí mucho tiempo, desde el verano de 2013. Era de muchos colores y estaba lleno de cuentas y abalorios. La nostalgia le invadió de repente y la sonrisa se le borró de la cara. Hacía mucho tiempo que tenía que decidir algo importante. Cuatro meses habían pasado desde que el barco entró en la tormenta y fueron los cuatro meses más duros que él había vivido en su vida. Pese a ello, sabía que lo peor aún estaba por llegar. A ella también la echaba de menos ¿quién podía dudarlo? Ella había sido su amor durante casi tres años y ambos se lo había dado todo. ¿Qué les pasó? No le gustaba pensar en ello, no le gustaba pensar en que quizá hubiese dejado escapar al amor de su vida por una equivocación. Le hacía sentirse estúpido. No era capaz de tomar una decisión ya que hiciera lo que hiciera su único pensamiento era que no estaría contento con el resultado. Pero no podía evitar echarla de menos. Veía los huecos vacíos que sus cosas ocuparon un día y recordó la ilusión que ambos pusieron al colocarlas durante todo el tiempo que habían estado juntos. Aunque hubiese querido no hubiera podido olvidarlo. Ya formaba parte de él, de su vida, de su historia y de su camino. 

Suspiró. Se metió en la cama y se cubrió con la colcha. Todo el mundo esperaba que hiciera algo para decirle si había hecho bien o mal. Todo el mundo le observaba esperando que hiciera lo que se esperaba de él. Siempre lo había hecho. Siempre había maravillado con su intelecto, siempre había dejado a todos boquiabiertos con su expresividad, su talento y su manera de estar. Todo el mundo lo admiraba y esperaba siempre lo mejor de él. Pero en ese momento solo era él, un niño que lloraba por no saber qué hacer, por no saber qué camino tomar. 

A veces, olvidamos que la gente que triunfa y tiene mucho éxito también sufre, también llora y también necesita oír que todo va a salir bien. Que no es ni el bueno ni es el malo, solo alguien que trata de hacer las cosas lo mejor que puede aunque no siempre le salgan correctamente. Cerró los ojos en aquel charco de lágrimas que se formó sobre su almohada verde y se acurrucó ocupando el lado izquierdo de la cama. Pensó en ella y también en ella. Luego quiso dejar de pensar, y no pudo. Sacó los pies por fuera, dio vueltas y vueltas... pero era imposible. No podía, esta noche tampoco. Se levantó, se puso la bata y fue descalzo hasta el salón. Encendió la luz y cogió su portátil. Se sentó en el sofá, se puso los cascos y dejó que la música invadiera su mente intentando alejar cualquier pensamiento. Allí se sentía a gusto. Él y su música, sin que nadie le molestase. Se reclinó sobre el sofá y comenzó a escribir una entrada para su blog. No era lo suficientemente buena. Tenía que serlo. Solo lo mejor podía ser publicado. No estaba lista, aún no. Miró el reloj: las 03:44 de la mañana. ¿Qué sonaba? Mind Heist. La banda sonora que impregnaba cada momento de su vida y que hacía que cualquier idea cobrara la fuerza suficiente como para salir de su mente y manifestarse ante sus ojos.

No sabía que iba a hacer. No sabía que iba a pasar. No sabía nada. Lo único que podía decir es que hiciese lo que hiciese, fuese un error, un acierto o cualquier cosa, iría hasta el final. Si todo el mundo esperaba que él diese lo mejor, si todo el mundo esperaba una respuesta, una acción, una palabra suya era porque efectivamente, él era el mejor. Y lo que es más importante, él lo sabía.

Se levantó, cogió su ordenador y se quitó los cascos dejándolos sobre sus hombros. Caminó hasta el umbral de la puerta y miró hacia el salón. La música seguía sonando en su mente. Sonrió y apagó la luz.

Y los créditos comenzaron a salir. 


No hay comentarios :

Publicar un comentario