Cuando quise darme cuenta estaba en el suelo cubierta de sangre y dolor. Había
pasado todo tan deprisa... que apenas tuve tiempo a reaccionar. Él me dijo ¡hazlo! y yo lo hice. La maté, sí. No tuve
elección, era o ella o yo. Casi podría decirse que él estaba deseando que yo lo
hiciera. Su gesto parecía provocarle una cierta satisfacción, como si se sintiera
orgulloso de lo que acababa de presenciar, y sobre todo, de mí. Y yo lo sabía. Hubiera pintado el cielo de verde si él me lo
hubiera pedido. Incluso hubiera ma... ¿matado?
Eso es lo que has hecho. En efecto, ella estaba muerta... y nunca había
sido tan feliz. Sin embargo, yo era la que estaba en el suelo tras su disparo.
¿Por qué? ¿Qué acababa de ocurrir? Acababa de suceder y ya lo estaba olvidando. ¿Por qué me mira de esa forma? Pasó una eternidad antes de poder recordar sus palabras. Fueron sus palabras las que me hicieron caer, y no aquella bala que aún llevaba incrustrada. ¿Qué fue lo que nos dijo? Dijo que por qué lo había hecho.
Dijo que yo estaba loca y que cómo había sido capaz. Dijo que él no podía estar a
mi lado. Dijo que me abandonaría. Nos
dijo adiós. Y ahora estamos aquí tiradas mientras él nos mira
con los ojos en blanco.
―¿Crees que aún me ama?
―¿Te amaría alguien que acaba de
matarte?
―No lo sé, es decir, me mató porque
pensaba que yo había enloquecido pero, no es verdad. No es verdad ¿no?
―La mataste. Ella ahora está muerta
porque tú la has matado, porque nosotras la hemos matado. Está muerta y todo lo
demás no importa.
―Pero yo también lo estoy, o al menos, eso
creo. ¿No ves la sangre? Estamos en el suelo, sin poder movernos y a cada
segundo con menos fuerzas.
―Él siempre la quiso a ella.
―Eso no es verdad. Deja de decir esas
cosas, él siempre me quiso a mí. Él... me lo prometió, me dijo que si la mataba
estaríamos siempre juntos, que era por nosotros. ¿No lo recuerdas?
―¿Te amaría alguien que acaba de
matarte?
En un instante él se movió, y bajó la
pistola. Su cara no parecía mostrar expresión alguna. Por un momento pensé que
se había equivocado, que vendría a por mí, que me sacaría de esta agonía y de
este dolor. Después de todo él me había ayudado a llegar hasta aquí, ahora no podía dejarme sola.
Su mirada por fin cambió y recobró la
compostura. Habló, tiró un montón de palabras al aire, y con el aire se fueron
pues me era imposible escucharlas. Le miré. Le
miramos. Y comenzó a andar, hacia ella. Recogió su cuerpo del suelo, la
miró, le tocó el pelo y sonrió.
―¿Ella?
―Siempre la quiso a ella.
―No es posible. No, no, esto no puede
estar pasando. Dime que estoy soñando, dime que esto es mentira ¡Él me ama a
mí! ¡Mi amor! ¡Mi amor! ¡Estoy aquí, por favor! ¡La maté por ti! ¡La maté por
nosotros! ¡Me lo prometiste! Todo esto siempre fue por ti, porque no soportaba
la idea de que pudieras amarla ni la mitad de lo que yo te he amado. Yo cumplí mi promesa. Yo creí en ti. No me abandones. ¡No me dejes sola! ¡Me dijiste que me amabas...! ¡Me dijiste que me amarías siempre...!
―¿Te amaría alguien que acaba de
matarte?
―¡Cállate! ¡Déjame sola! ¡Todo es culpa tuya!
―Nosotras nos vamos, y él no va a
venir.
―¡No! ¡Yo quiero irme con él! ¿Acaso no lo ves?
¡Teníamos que estar juntos!
―No puedes.
―¡Sí! ¡Sí puedo! ¡Él me oirá, claro que me
oirá! ¡Me lo prometió!
―No puede oírte... porque ya estamos
muertas.








